Foro de Nicaragua: hermanamiento de la lucha educativa en Latinoamérica.
Mario Chávez Campos
HECHOS DEL MISMO MINERAL
En Mazapil, México, la maestra Lucía Hernández oyó la camioneta de la minera antes del amanecer. El motor diésel subía por la terracería con ese ruido que hace callar a los perros. Llevaban semanas clavando estacas con cintas de colores en la tierra donde jugaban los niños. El comisariado le dijo que la empresa había comprado los derechos del agua. Así dijo: comprado. Como si un río pudiera tener dueño. La semana pasada cortaron la luz porque la línea ahora alimentaba los taladros del tajo, y cuando Lucía fue a reclamar, un hombre de traje que no era de ahí le dijo: «señorita, el progreso tiene prioridades».
Regresó con las manos temblando. El pizarrón era un rectángulo de cal pintado en la pared, medido con hilo para que las orillas quedaran derechas. Lucía llevaba once semanas frente a ese pizarrón. Había salido de una normal rural, de esas que forman maestras para el campo y no para huir de él. Llegó con quince niños y ahora sólo tenía nueve. Y Rosalía, la niña que aprendió a escribir su nombre letra por letra, con una concentración que le rompía el corazón, llevaba diez días sin venir. Subió a buscarla y la encontró cargando un tercio de leña más grande que ella. La niña la miró con algo que Lucía ya conocía: la paciencia de quienes están acostumbrados a que les quiten las cosas.
Esa noche Lucía sacó la bolsa de mandado y metió todo, para marcharse. Lo hacía cada noche desde que llegó. Y cada mañana la deshacía.
Esa madrugada, la camioneta trajo una cerca de alambre enrollada como serpiente gris. Cercarían el cerro, el arroyo y quizá el camino por donde bajaban los niños. El hombre del traje dijo «progreso». Lucía conocía otra palabra. La aprendió de José Martí, que escribió desde las entrañas del monstruo: «a lo que el imperio llama progreso, los pueblos lo llaman despojo».
A seiscientos kilómetros, en Totonicapán, Guatemala, el maestro Santos Choc estaba sentado en una cama de tablas del internado. Era una de esas escuelas donde las hijas y los hijos de campesinos aprendían a enseñar sin dejar de ser del pueblo. Esa tarde el director del internado los reunió y les dijo que cerrarían tres normales rurales del altiplano. No fue decisión del país, les explicó, fue la condición para un préstamo. Alguien en Washington puso sobre la mesa un documento que decía que las escuelas donde los hijos de campesinos k’iche’ aprendían a ser maestros eran un gasto prescindible. Así opera el imperio, dijo el director: a veces, en vez de mandar soldados, manda condiciones.
El director tenía una cicatriz que le cruzaba la mano izquierda entera, de cuando quemaron su aldea en la guerra que el imperio financió. Nunca hablaba de eso. Pero esa tarde levantó la mano herida: esta me la hicieron por enseñar a leer en k’iche’. Cerraron nuestras escuelas, desaparecieron a nuestros maestros, y aquí seguimos.
Santos pensó en los cuarenta y tres de Ayotzinapa, de México. Normalistas que desaparecieron una noche en Iguala. Un maestro rural es peligroso, pensó. Sacó un cuaderno y escribió: Nos están cerrando otra vez.
En Matagalpa, Nicaragua, la Perla del Septentrión, tierra heroíca de la insurrección de los muchachos, Carmen Urbina estaba empacando los libros del internado en cajas de cartón. Había egresado de la Escuela Normal “José Martí”, donde todavía colgaba en el pasillo una foto borrosa de los brigadistas de la Cruzada, que luego del triunfo de la Revolución Sandinista bajaron a las montañas con un farol y una cartilla para enseñar a leer a un país entero. La maestra que la formó, doña Auxiliadora, fue una de esas brigadistas. Le contó que aprendió a enseñar durmiendo en el suelo de los campesinos, con miedo a la contra que el imperio armó para matar maestros, con el lápiz en una mano y la convicción en la otra. «La escuela no es el edificio, Carmen», le dijo una vez. «La escuela es la gente que se junta a aprender».
El bloqueo económico en su país había encarecido todo: cuadernos, tinta y comida. El mismo castigo que durante décadas se aplicó a Cuba por ser soberana. Las normales nicaragüenses resistían como podían: con maestros que ponían el salario de su bolsillo, con internados donde los estudiantes sembraban frijol para no cerrar la cocina, con directores que recorrían las comunidades buscando a los jóvenes que el imperio quería condenar a no saber. El internado de Carmen cerraba definitivamente el viernes y, mientras envolvía cada libro, sentía que estaba amortajando algo vivo.
Un libro cayó abierto. Era de José Martí. Había una frase subrayada: «ser culto es el único modo de ser libre». Pensó en una mujer de sesenta años a quien le enseñó las vocales con un palo en la tierra, en una comarca cerca del municipio de San Ramón. El día que la mujer pudo firmar con su nombre, dijo: «ahora ya no me pueden engañar con un papel». Carmen no metió ese libro en la caja. Lo abrazó.
Entonces hizo lo que hacen las normalistas cuando el mundo se derrumba: se sentó a planear. Sacó un cuaderno y escribió los nombres de las madres de la comunidad de El Roblar, una por una: Doña Juana, que podría prestar la cochera de su casa; Doña Esperanza, que tenía un fogón grande. Don Silvio, que sabía carpintería y podía hacer bancas con tablas de pino. Si el internado cerraba, ella abriría un círculo de estudio en la comunidad. Haría lo que hicieron los muchachos del ochenta cuando no había nada: inventar la escuela con lo que hubiera, porque la educación en Nicaragua no nació de un ministerio, nació de la gente.
En México, Lucía hojeó un libro de Paulo Freire, el brasileño desterrado por enseñar a leer a los pobres. Ahí leyó: «nadie educa a nadie, los hombres se educan entre sí con la mediación del mundo». Y también: «la realidad de la opresión no es un mundo sin salida, sino una situación que puede transformarse». Era lo mismo que decía su madre cuando la milpa no daba: «a darle hasta que amansemos los tiempos». Su madre nunca leyó a Freire. Pero sabía lo mismo y lo sabía con las manos.
Lo supo Simón Rodríguez cuando dijo que «inventamos o erramos». Lo supo Rafael Ramírez cuando llevó la escuela al campo y durmió en el pueblo. Lo supo Jesualdo Sosa al darles palabra a los hijos de los peones. Lo supo Gabriela Mistral cuando escribió que «el futuro de los niños es siempre hoy». Lo supieron las maestras mambisas, los jóvenes cubanos con faroles y cartillas, los brigadistas nicaragüenses que alfabetizaron entre montañas y emboscadas, y Carlos Fonseca, que antes de ser otra cosa fue maestro, y que desde las montañas de Matagalpa y Jinotega mandó a sus combatientes una orden que ningún bloqueo ha podido borrar: «Y también enséñenles a leer». Lo supo Mariátegui escribiendo desde un cuerpo roto que «el problema del indio era el de la tierra».
Eran las tres de la mañana. La misma hora oscura en Mazapil, en Totonicapán y en Matagalpa.
Santos cerró el cuaderno. Al amanecer puliría los apuntes que escribió y después caminarían a la capital, como caminaron los normalistas antes que ellos.
Carmen cerró su cuaderno con la lista de nombres. Puso el libro de Martí en la mochila junto a la cartilla que fue de doña Auxiliadora, la misma que usaron los brigadistas en el ochenta. El viernes podían cerrar el internado, pero el sábado ella caminaría a El Roblar con la mochila al hombro, como caminaron antes que ella aquellos muchachos con faroles por los caminos de Jinotega, de Río San Juan, de la Costa Caribe. Así fuera sin sueldo y sin techo, llevaría un palo, la tierra por pizarrón y la certeza de que en Nicaragua la escuela siempre ha vuelto a nacer, porque aquí enseñar a leer fue un acto de soberanía antes de ser un oficio.
Lucía miró la bolsa junto a la puerta y negó con la cabeza. Daría clase con la puerta abierta, pensó, determinada. Buscaría a los niños uno por uno. Enseñaría bajo el ahuehuete si cerraban la escuela, porque nadie (ni la minera, ni el hombre del traje, ni la maquinaria del imperio) puede cercar con alambre de púas las preguntas que necesitan respuestas.
En la mañana, el Sol refulge porque una maestra en Mazapil aviva el fogón de lucha en su mirada; en Totonicapán, un maestro escribe el destino en su cuaderno, y en Matagalpa, una maestra camina hacia la comunidad con la Cruzada en la memoria y José Martí en la mochila.
En América Latina, el normalismo hace florecer el terreno con cada pisada: todas y todos hechos del mismo mineral, un mineral que no pueden extraer de nuestra tierra, más valioso que el oro y el diamante: la dignidad educativa.